genus irritabile vatum

se fue.

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y lo supe

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Sra. Lázaro
Había sufrido. Había llorado todo un día y toda una noche
por mi pérdida, arranqué el traje de novia de
mis pechos, aullé, grité, arañé
las piedras de la tumba hasta que mis manos sangraron, vomité
su nombre una y otra vez, muerto, muerto.

Regresé a casa. Destruí el lugar. Dormí en un catre,
viuda, un guante vacío, el húmero blanco
en el polvo, la mitad. Metí sus trajes oscuros
en bolsas negras, caminé en los zapatos de un muerto,
até el doble nudo de una corbata a mi cuello desnudo,

demacrada monja en el espejo, tocándose. Aprendí
las Estaciones del Dolor, el ícono de mi cara
en cada marco sombrío; pero todos esos meses
él se estaba yendo de mí, reduciéndose
al tamaño de una foto, yéndose,

yéndose. Hasta que su nombre ya no fue más un hechizo certero
para su rostro. El último cabello de su cabeza
asomaba de un libro. Su perfume se fue de la casa.
El testamento fue leído. Verán, estaba desvaneciéndose
al diminuto cero del oro de mi anillo.

Entonces se fue. Entonces fue leyenda, lengua:
mi brazo en el brazo del maestro—el impacto
de la fuerza de un hombre debajo de la manga de su saco—
caminando por los setos. Pero fui fiel
todo el tiempo necesario. Hasta que se volvió memoria.

Entonces pude pararme esa tarde en el campo
en un chal de aire delicado, sanada, capaz
de mirar la orilla de la luna en el cielo
y a una libre saltar desde el cerco; luego vi
a los campesinos corriendo hacia mí, gritando

detrás de ellos las mujeres y niños, los perros ladrando,
y lo supe. Lo supe por la luz maliciosa
en la cara del herrero, los afilados ojos
de la mesera, las manos empujándome repentinamente
hacia el olor penetrante de la turba abriéndose delante de mí.

Él estaba vivo. Vi el horror en su rostro.
Escuché la loca canción de su madre. Respiré
su hedor; mi novio, en su corrompida mortaja,
húmedo y desgreñado, desde las fauces entreabiertas de la tumba,
gruñía su cornudo nombre, desheredado,fuera de tiempo.

Carol Ann Duffy, Glasgow 1955

versión © silvia camerotto

Mrs Lazarus

I had grieved. I had wept for a night and a day
over my loss, ripped the cloth I was married in
from my breasts, howled, shrieked, clawed
at the burial stones until my hands bled, retched
his name over and over again, dead, dead.

Gone home. Gutted the place. Slept in a single cot,
widow, one empty glove, white femur
in the dust, half. Stuffed dark suits
into black bags, shuffled in a dead man’s shoes,
noosed the double knot of a tie around my bare neck,

gaunt nun in the mirror, touching herself. I learnt
the Stations of Bereavement, the icon of my face
in each bleak frame; but all those months
he was going away from me, dwindling
to the shrunk size of a snapshot, going,

going. Till his name was no longer a certain spell
for his face. The last hair on his head
floated out from a book. His scent went from the house.
The will was read. See, he was vanishing
to the small zero held by the gold of my ring.

Then he was gone. Then he was legend, language;
my arm on the arm of the schoolteacher-the shock
of a man’s strength under the sleeve of his coat-
along the hedgerows. But I was faithful
for as long as it took. Until he was memory.

So I could stand that evening in the field
in a shawl of fine air, healed, able
to watch the edge of the moon occur to the sky
and a hare thump from a hedge; then notice
the village men running towards me, shouting,

behind them the women and children, barking dogs,
and I knew. I knew by the sly light
on the blacksmith’s face, the shrill eyes
of the barmaid, the sudden hands bearing me
into the hot tang of the crowd parting before me.

He lived. I saw the horror on his face.
I heard his mother’s crazy song. I breathed
his stench; my bridegroom in his rotting shroud,
moist and dishevelled from the grave’s slack chew,
croaking his cuckold name, disinherited, out of his time.

May 1, 2009
LONDON — The writer Carol Ann Duffy was appointed Britain’s poet laureate on Friday, becoming the first woman to take a 341-year-old job that has been held by, among others, Dryden, Tennyson, Wordsworth, Cecil Day-Lewis and Ted Hughes. New York Times

Mayo 1, 2009
Londres- La escritora Carol Ann Duffy fue nombrada Poeta Laureada el viernes, siendo la primera mujer en obtener dicho título, luego de 341 años; oficio que ocuparan, entre otros, Dryden, Tennyson, Wordsworth, Cecil Day-Lewis y Ted Hughes.

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